geekandela's
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23 de mayo de 2013

El terror de Plaza Castilla

(Últimamente fantaseo demasiado con bonitas escenas apocalípticas en Madrid.)

Me estremecí al tiempo que el viento me agitaba el pelo. Estábamos a principios de mayo y los días anteriores había hecho mucho calor, de modo que aquel miércoles había salido a la calle en pantalón corto y, esperando sentada en un banco de la Plaza de Castilla, empezaba a cuestionarme si habría sido una buena idea. Intentaba autoconvencerme de que no hacía frío, que era sólo que no daba el sol. Me subí la cremallera de la sudadera.

Había quedado hacía siete minutos, pero no me importaba esperar, y es que me gustaba mirar a mi alrededor. Estaba sentada junto a una de las entradas de la transitada estación de metro de Plaza de Castilla, que hacía las veces de terminal de autobuses, y frente a mí pasaban cada minuto una docena de personas con sus prisas y sus quehaceres. Lo de la prisa era algo que enseguida me había llamado la atención cuando llegué a Madrid: ese bajar del metro y al instante ser arrollada por una muchedumbre apresurada, un poco efímera también, dirigiéndose hacia las escaleras mecánicas. Entonces yo me paraba, me quedaba quieta mientras el mundo giraba, y me sentía, en cierto modo, libre, ajena al agitado tumulto. Exactamente lo que estaba haciendo en aquel banco de la Plaza de Castilla.

De pronto, un rumor extraño, diferente al de la abundante circulación de coches y autobuses, me sacó de mi ensimismamiento. Parecía provenir de los túneles subterráneos de la terminal, pero iba en aumento y pronto se escuchaba fuertemente en la calle. Algunos transeúntes se detuvieron y miraron en derredor, intrigados. Parecía el sonido de una pesada pieza de chapa chocando contra un muro de hormigón; me imaginé un autobús arrugado como un acordeón en medio de aquellos estrechos pasajes bajo tierra. Nada más lejos de la realidad.
Se me congeló la sangre en las venas y me tambaleé del susto cuando, sin previo aviso, la calzada frente a mí se combó levemente hacia arriba para al instante estallar en una nube de tierra y escombros, provocando que numerosos coches se saliesen de la vía y otros tantos se accidentasen en una caótica melodía de cláxones y explosiones. Caí del banco entre temblores y traté de ponerme a resguardo de la lluvia de restos de asfalto y trozos de carrocería, sin dejar de mirar atónita hacia el lugar del estallido. Y, entre el humo y el polvo, entreví las sombras de enormes elefantes de largos y curvados colmillos emergiendo de las profundidades de la tierra. Uno de ellos levantó la trompa, y, al tiempo que empezaban a escucharse los primeros gritos de terror, profirió un potente barrito que retumbó en toda la Plaza de Castilla. En cuestión de segundos, había cundido el pánico.

Como un resorte, eché a correr hacia la entrada de la estación, pensando que por lo menos ahí estaría más segura que en la calle, pero cambié de idea cuando vi al final de las escaleras mecánicas una aterrorizada masa de personas empujándose las unas a las otras para subir las primeras. Me detuve unos segundos tratando de pensar con claridad, y fue entonces cuando uno de los elefantes hizo acto de presencia tras la muchedumbre. Debían de haber ocupado los túneles del suburbano, de dondequiera que vinieran. Me fijé en que no tenía la piel de color gris, sino que era parda y rugosa, y unas afiladas púas le recorrían el lomo. Tenía además una salvaje mata de pelo negro en lo alto de la cabeza, donde nacía la trompa, así como al final de la cola y de las patas, sobre las pezuñas. Los colmillos se me antojaron extremadamente grandes, casi como los de un mamut. Barritando amenazadoramente, arremetió con fiereza contra la multitud, golpeando fuertemente con la trompa y pisando los cuerpos que caían al suelo. Vi sangre e imaginé huesos rotos. Giré sobre mis talones y salí corriendo, arropada por la marea de gente que ya me había alcanzado.


22 de mayo de 2013

El año anterior a Madrid

Estoy escribiendo mi autobiografía para una práctica de clase. No deja de ser un ejercicio interesante. Comparto un fragmento.


El año anterior a Madrid salí más airosa de lo que esperaba de Selectividad y me metí, algo apremiada por la falta de tiempo para tomar la primera gran decisión de mi vida, en Información y Documentación, en la Universidad de Zaragoza. No tenía muy claro qué quería estudiar, como venía sucediéndome desde los quince años, pero según diversos tests y opiniones de profesores, la renombrada carrera de biblioteconomía parecía ser idónea para mí porque me gustaban los libros y el orden, entre otros argumentos de peso. Sin embargo, a mitad de curso, tuve una especie de revelación en una clase mortalmente aburrida de Paleografía: me di cuenta de que todo iba más allá de la simple pereza de estar en el aula, de que de verdad no quería estar allí. El primer cuatrimestre lo había superado sin apenas problemas, pero el segundo estaba tomando un rumbo que no me apetecía nada seguir. Resolví que no me gustaba la carrera, y así se lo dije a mis padres a un mes de los exámenes finales, cuando llevaba ya varias semanas sin ir a clase. No se lo tomaron tan mal como habría cabido esperar, quizá porque mi plan B amortiguó la caída.

Tanto tiempo da o para no hacer nada o para hacer mucho; por suerte, aunque empecé esgrimiendo altivamente mi improvisado tiempo libre para, en efecto, no hacer nada, pronto tomé una determinación respecto a mi futuro más inmediato. Estaba en mi época del tonteo con las cámaras y los programas de edición de vídeo, y tras mucho investigar respecto a universidades, planes de estudios y salidas, decidí que quería estudiar Comunicación Audiovisual en la Universidad Complutense de Madrid. No obstante, atendiendo a las últimas notas de corte del momento, iba a necesitar superar la mía en algo más de un punto para entrar. De modo que mientras mis viejos compañeros documentalistas se aplicaban con los trabajos finales y preparaban los exámenes en mayo, yo estudiaba, encantadísima, todo sea dicho, Literatura universal, asignatura con la que había decidido que repetiría Selectividad.

Quizá convenga hacer un inciso en este punto para comentar, sin entrar demasiado en detalles, que leo desde que tengo uso de memoria y escribo desde que mi cabeza se me quedó pequeña. La Literatura universal era, y es, algo que me llenaba de verdad. Quiero decir, ¿qué mejor para una enamorada de los libros que estudiar la historia de la literatura? Tengo casi veinte años y en mi vida he conocido pocos placeres equiparables al de pasear entre las estanterías de una librería reconociendo cada uno de los autores, cada uno de los títulos... Fin del inciso.

Llegó junio, y con él, los cafés por la noche, las largas horas de estudio y las ojeras; claro, que no para mí, pues había tenido bastante más tiempo del normal para prepararme bien lo mío. Los días olían a verano. El sol me calentaba en los brazos de camino a la universidad el día de mi examen. Me sentía segura. Conocía cada capítulo de mis apuntes como si hubiese vivido dentro de ellos en las últimas semanas. Había estado en aquella velada frente al fuego en la casa del lago Leman de Lord Byron donde Mary Shelley comenzó a gestar Frankenstein o el moderno Prometeo; me había sentado entre Gérard de Nerval y Gautier en el revolucionario estreno de Hernani; había acudido a exposiciones de arte junto a Baudelaire y a algún que otro martes en casa de Mallarmé; había bailado en las fiestas de los Fitzgerald, había bebido con Hemingway, había conversado largamente con Gertrude Stein y había vivido enfrente de Sylvia Beach y Adrienne Monnier en la rue de l'Odéon de París cuando la primera publicó el Ulisses de Joyce...


Madrid desde la azotea del Círculo de Bellas Artes.

18 de mayo de 2013

The last black bird


Too many birds in one tree
Too many birds in one tree
And the sky is full of black and screaming leaves
The sky is full of black and screaming
And one more bird
Then one more bird
And one last bird
And another

One last black bird without a place to land
One last black bird without a place to be
Turns around in hopes to find the place it last knew rest

Oh black bird, over black rain burn
This is not where you last knew rest
You fly all night to sleep on stone
The heartless rest that in the morn, we'll be gone
You fly all night to sleep on stone,
to return to the tree with too many birds
Too many birds
Too many birds

If...
If you...
If you could...
If you could only...
If you could only stop...
If you could only stop your...
If you could only stop your heart...
If you could only stop your heart beat...
If you could only stop your heart beat for...
If you could only stop your heart beat for one heart...
If you could only stop your heart beat for one heart beat.



6 de mayo de 2013

Si yo fuera un libro..., y una canción de regalo

Tras cuatro días viviendo aquí, de lo que más ganas tenía cuando ayer llegué a casa era de ducharme eternamente. Tenía un muñón feo de rasta por pelo y porquería hasta en el ombligo. Lo siguiente de lo que más ganas tenía, bueno, obviando que de comer -algo que no fuese ramen-, era de ponerme al día con mis feeds. Y entre ellos, di con el book tag "Si yo fuera un libro" en este post de Alendax y me entraron ganas de hacer algo parecido. El book tag, que no es otra cosa que un meme, consiste en responder en forma de vlog a una serie de preguntas (tipo de libro que serías, género, villano, etc.), pero como yo me llevo muy mal con las cámaras voy a saltarme esa parte.

Si yo fuera un libro... sería, sin lugar a dudas, una novela de género fantástico, en concreto, del subgénero de la fantasía épica. La trama se desarrollaría en un mundo completamente ajeno al que podamos considerar "mundo real", impregnado de magia y habitado por todo tipo de criaturas, tanto inventables como no inventables. El rol protagonista no lo tendría sólo yo, o mi alter ego, o como queráis, sino que seríamos un grupo de rebeldes, y nos moveríamos ignorando -y pretendiendo ser ignorados por- el sistema. El rol del villano variaría. A veces serían las fuerzas del Estado, o Imperio, o Reino, no lo tengo definido, y otras los monstruos y bestias salvajes que custodian tesoros, defienden entradas a ruinosos palacios ocultos, o, simplemente, habitan cerca de nuestra base y de vez en cuando les da por atacarnos o darnos todo tipo de problemas.
Sería un libro, definitivamente, de ficción, aunque tendría elementos de mi vida "real", pues por algo soy yo en forma de novela. Por ejemplo, ya lo he mencionado, yo, o una "yo" modificada a mi gusto, formaría parte del grupo de rebeldes en los que se centra la historia. Asimismo, muchos de ellos tendrían características de personas cercanas a mí, o no tan cercanas, o directamente serían estas personas. Además, este mundo tendría muchos elementos de libros, series, películas y videojuegos que he leído, visto y jugado en la realidad, desde tipos de armas mágicas hasta formas de construcción, pasando por vestimentas o número de astros que brillan en el cielo nocturno. Y es que no puedo evitar beber de todo esto a la hora de formar mis fantasías.
Respecto a la estructura, creo que sería una saga, por muy grandilocuente que suene, pero es que eso de un grupo de rebeldes en un mundo mágicamente salvaje da pie a numerosos episodios y aventuras. Y por último, en cuanto al formato, variaría, pero no sería un libraco de quinientas páginas sino, quizá, entre cien y trescientas por tomo, en unas ocasiones más y en otras menos. Usaría, por supuesto, una fuente original y bonita para los títulos en las portadas; me gustaría que las curvas de las letras trasmitiesen la historia a su manera... ya me entendéis. Las imágenes para las portadas serían muy coloridas y fantasiosas, como si se tratase de un videojuego de gráficos increíbles. Me gusta mucho el azul celeste.

Os confesaré que en el momento de plantearme hacer este book tag se me antojó complicado, porque ni tengo muy allá la imaginación últimamente ni considero que me conozca tan bien como para saber qué tipo de libro sería... De modo que dejé este post en borradores, con apenas dos líneas de introducción, y me fui a dormir (cosa que, por otro lado, necesitaba mucho). Esta mañana he retomado la intención y, gracias al sueño de esta noche, me he dado cuenta de qué tipo de libro podría ser si fuese un libro. Y es que hace tiempo que tengo una serie de sueños que son, básicamente, lo que os he contado arriba: aventuras de un grupo de personas en un mundo mágico. Y nos pasan de cosas...
Amo estos sueños.


Volviendo a eso de mis cuatro días viviendo aquí, os dejo un vídeo muy buenrollero del que para mí fue el mejor concierto del Viña: los Alameda nos hicieron saltar, poguear, bailar mucho e incluso hacer la conga. Saltamos también en Riot Propaganda, La Pegatina..., pogueamos -menos pacíficamente- en Boikot, Porretas..., bailamos mucho en Ska-P; y Bongo Botrako fue mi gran decepción del festival.


Videoclip de "La empresa". En el Viña esperaba secretamente que los chicos de La Pegatina y los de Canteca de Macao apareciesen de repente en el escenario, pero no... Aún así, menudo buen rollo llevábamos abajo.


No me resisto a poner otro. Directo del final del concierto.

29 de abril de 2013

El ataque zombie del suburbano de Madrid

No pude evitar fijarme en la portada del libro que leía el chico sentado junto a la puerta del vagón: era El hobbit, de J. R. R. Tolkien. Sonreí recordando al Martin Freeman de pies peludos, y a Thorin, y a Balin, y a Fili y a Kili, y a Bombur. Me escabullí entre los hombres con maletín y las mujeres con bolsas de la compra y entre las mujeres con maletín y los hombres con bolsas de la compra hasta el fondo. Me apoyé en la pared al tiempo que Zack de la Rocha gritaba en mis oídos y el metro se ponía en movimiento. Era la línea 1 sentido Valdecarros y me había subido en Tetuán, o Estrecho, alguna de ésas, e iba hasta Tribunal. Apenas seis o siete paradas. Me pesaba la mochila, y es que acababa de comprar dos libros en la Alcaná, además de llevar la carpeta de clase y mi lectura -o una de- actual: La luz fantástica, de Terry Pratchett.

Entre burn, burn, yes ya gonna burn y Rincewinds cayendo al vacío, no me di cuenta de que nos habíamos detenido en medio del túnel. Nadie parecía darle importancia. Me quité los cascos cuando oí que nos hablaban por megafonía: "Atención, señores pasajeros. Por incidencia en la vía nos hemos detenido, repito, por incidencia en la vía nos hemos...". Se oyó un golpe sordo, interferencias, y luego, silencio. Algo inquieta, corté la música. No me gustaba ver las negras paredes llenas de tubos del túnel al otro lado de las ventanas; y, de repente, me parecía que había demasiada gente en aquel vagón. Respiré hondo mientras me recriminaba a mí misma semejante ataque irracional de pánico. A un hombre le sonó el móvil. Una chica estornudó. A una mujer se le cayó una bolsa del supermercado y varias naranjas rodaron por el suelo. El chico que leía a Tolkien había cerrado el libro y miraba curioso a su alrededor.

Entonces, se oyeron los gritos. Parecía una jauría de hienas. El vagón entero enmudeció. Según se acercaban, escuchábamos el caótico rumor de decenas de pisadas corriendo por el túnel. Me apreté contra la pared y tragué saliva. De pronto, un tremendo golpe metálico retumbó en el aire, seguido del ruido de cristales haciéndose añicos y, al instante, chillidos aterrorizados de personas dos vagones más allá. El tren entero se bamboleó sobre la vía y las luces parpadearon hasta apagarse del todo, quedando únicamente las de emergencia alumbrando la oscuridad del suburbano. El pánico comenzó a aflorar entre los hombres y las mujeres con maletines y bolsas de la compra; varios sacaron teléfonos e intentaron marcar, pero deduje por sus caras de frustración y temor que no había cobertura. Unos se apelotonaron en las ventanas intentando atisbar algo, a la vez que otros se alejaban todo lo posible de ellas, aterrorizados. La mayoría, todos, empezaron a hablar entre ellos, algunos a gritos, compartiendo preocupaciones e incertidumbres.

Yo no podía moverme, y apenas respiraba. A lo lejos oía los alaridos y gritos de auxilio de los pasajeros de los vagones contiguos, sofocados por gruñidos y golpes... Algo había atacado a aquellas personas, y les estaba claramente inflingiendo dolor. Pero, ¿qué podía ser, en los túneles del metro de Madrid? Traté de calmarme y pensar que no tardarían en llegar efectivos de la policía a rescatarnos, que reducirían a las bestias que aullaban a escasos metros y nos sacarían sanos y salvos de allí.

Una mujer cayó sobre mí cuando dos de las ventanas estallaron. Caímos al suelo. Rugidos. Chillidos. Cerré los ojos, aplastada bajo la aterrorizada mujer que pataleaba en el aire como una cucaracha gorda caída de espaldas. Algo me pisó las piernas, pero me mordí el labio evitando gritar. Sentía que todo a mi alrededor era miedo y caos; todo se movía. Oí carne desgarrándose, gritos de dolor. El olor nauseabundo de la sangre pronto invadió el vagón. Algo peludo y a la vez afilado me cortó la cara cuando agarró del cuello a la mujer que me cubría y la levantó. Ella trató de zafarse, la vi de reojo, hasta que un engendro que en su día debió de haber sido un hombre hundió la cara en su pecho y, clavándole sus largos colmillos, la abrió en canal.

Lo último que pensé fue: "Me cago en dios".