(Últimamente fantaseo demasiado con bonitas escenas apocalípticas en Madrid.)
Me estremecí al tiempo que el viento me agitaba el pelo. Estábamos a principios de mayo y los días anteriores había hecho mucho calor, de modo que aquel miércoles había salido a la calle en pantalón corto y, esperando sentada en un banco de la Plaza de Castilla, empezaba a cuestionarme si habría sido una buena idea. Intentaba autoconvencerme de que no hacía frío, que era sólo que no daba el sol. Me subí la cremallera de la sudadera.
Había quedado hacía siete minutos, pero no me importaba esperar, y es que me gustaba mirar a mi alrededor. Estaba sentada junto a una de las entradas de la transitada estación de metro de Plaza de Castilla, que hacía las veces de terminal de autobuses, y frente a mí pasaban cada minuto una docena de personas con sus prisas y sus quehaceres. Lo de la prisa era algo que enseguida me había llamado la atención cuando llegué a Madrid: ese bajar del metro y al instante ser arrollada por una muchedumbre apresurada, un poco efímera también, dirigiéndose hacia las escaleras mecánicas. Entonces yo me paraba, me quedaba quieta mientras el mundo giraba, y me sentía, en cierto modo, libre, ajena al agitado tumulto. Exactamente lo que estaba haciendo en aquel banco de la Plaza de Castilla.
De pronto, un rumor extraño, diferente al de la abundante circulación de coches y autobuses, me sacó de mi ensimismamiento. Parecía provenir de los túneles subterráneos de la terminal, pero iba en aumento y pronto se escuchaba fuertemente en la calle. Algunos transeúntes se detuvieron y miraron en derredor, intrigados. Parecía el sonido de una pesada pieza de chapa chocando contra un muro de hormigón; me imaginé un autobús arrugado como un acordeón en medio de aquellos estrechos pasajes bajo tierra. Nada más lejos de la realidad.
Se me congeló la sangre en las venas y me tambaleé del susto cuando, sin previo aviso, la calzada frente a mí se combó levemente hacia arriba para al instante estallar en una nube de tierra y escombros, provocando que numerosos coches se saliesen de la vía y otros tantos se accidentasen en una caótica melodía de cláxones y explosiones. Caí del banco entre temblores y traté de ponerme a resguardo de la lluvia de restos de asfalto y trozos de carrocería, sin dejar de mirar atónita hacia el lugar del estallido. Y, entre el humo y el polvo, entreví las sombras de enormes elefantes de largos y curvados colmillos emergiendo de las profundidades de la tierra. Uno de ellos levantó la trompa, y, al tiempo que empezaban a escucharse los primeros gritos de terror, profirió un potente barrito que retumbó en toda la Plaza de Castilla. En cuestión de segundos, había cundido el pánico.
Como un resorte, eché a correr hacia la entrada de la estación, pensando que por lo menos ahí estaría más segura que en la calle, pero cambié de idea cuando vi al final de las escaleras mecánicas una aterrorizada masa de personas empujándose las unas a las otras para subir las primeras. Me detuve unos segundos tratando de pensar con claridad, y fue entonces cuando uno de los elefantes hizo acto de presencia tras la muchedumbre. Debían de haber ocupado los túneles del suburbano, de dondequiera que vinieran. Me fijé en que no tenía la piel de color gris, sino que era parda y rugosa, y unas afiladas púas le recorrían el lomo. Tenía además una salvaje mata de pelo negro en lo alto de la cabeza, donde nacía la trompa, así como al final de la cola y de las patas, sobre las pezuñas. Los colmillos se me antojaron extremadamente grandes, casi como los de un mamut. Barritando amenazadoramente, arremetió con fiereza contra la multitud, golpeando fuertemente con la trompa y pisando los cuerpos que caían al suelo. Vi sangre e imaginé huesos rotos. Giré sobre mis talones y salí corriendo, arropada por la marea de gente que ya me había alcanzado.























